Los primeros pueblos de la Península — Historia, 11–13
Cómo vivían las comunidades antes de que existiera Portugal —de los recolectores a los pueblos castreños— y qué cambió la sedentarización.
Recolectores y agropastores
Antes de que existieran reinos, la Península Ibérica estaba habitada por comunidades recolectoras, que se desplazaban en busca de alimento —caza, pesca, frutos silvestres. Más tarde, algunas comunidades se volvieron agropastoriles: cultivaban la tierra y criaban animales, lo que les permitía asentarse en un solo lugar. En el noroeste peninsular, esas comunidades sedentarias construyeron poblados fortificados en lo alto de colinas, llamados castros.
Por qué la sedentarización lo cambió todo
Pasar de buscar comida a cultivarla en el mismo lugar puede parecer un pequeño paso, pero exigió mucha más cooperación entre las personas: guardar semillas para el año siguiente, repartir tareas, defender tierras y cosechas. Este proceso creó las bases de la vida en sociedad tal como la conocemos —aldeas, jerarquías e intercambios cada vez más regulares entre comunidades.
Un caso: un poblado castreño
Paso 1: un pueblo agropastoril elige la cima de una colina, fácil de defender y cerca de agua y tierra fértil. Paso 2: construye una muralla de piedra alrededor de casas redondas de piedra, agrupadas en calles estrechas. Paso 3: dentro del castro viven varias familias, que cultivan campos cercanos, crían ganado e intercambian objetos con pueblos vecinos. Paso 4: con el tiempo, el castro crece y se convierte en un centro de poder local.
La trampa: pensar que era todo sencillo
Es fácil imaginar estas comunidades como grupos simples, sin organización. Pero las excavaciones en castros muestran murallas cuidadosamente construidas, casas con distintas estancias y objetos venidos de lejos —señal de comercio. Como cualquier sociedad, tenían sus propias reglas, jerarquías y formas de tomar decisiones, solo que sin escritura para registrarlas.
Dónde se puede ver esto todavía hoy
Puedes visitar castros reales en Portugal —la Citânia de Briteiros, cerca de Guimarães, es uno de los más conocidos, con calles, casas y murallas todavía visibles. Los museos locales conservan objetos hallados en estas excavaciones, una forma directa de ver cómo se vivía en aquellos tiempos.
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