Las buenas intenciones no borran el daño — Ética, 7–10
Podemos tener buenas intenciones y aun así causar un problema. Actuar éticamente significa fijarse en el efecto sobre los demás, no juzgar una decisión solo por lo que pretendíamos.
La intención y el efecto son distintos
La intención es lo que esperabas que ocurriera; el efecto es lo que realmente le ocurrió a alguien. Pueden coincidir, pero también pueden ser distintos. Una broma pensada para incluir a un amigo puede avergonzarlo, aunque quien la cuenta quiera ser amable.
Por qué no bastan las buenas intenciones
Si juzgamos solo las intenciones, podemos decir a quien ha sido herido que sus sentimientos no importan. Esta idea responde a un problema real: el daño accidental también tiene efectos reales. Podemos reconocer la buena intención y, a la vez, mirar con honestidad el resultado y cambiar la próxima vez.
El dibujo sorpresa
Nina dibuja a Tom con un sombrero gracioso y enseña el dibujo a la clase para hacer reír a todos. Tom se siente avergonzado, aunque Nina lo había hecho como una sorpresa amistosa. Nina lo escucha, dice que lo entiende, retira el dibujo y pregunta qué tipo de dibujo preferiría Tom.
«Pero yo lo hice con buena intención»
Es natural explicar nuestra intención cuando alguien está molesto; queremos que los demás sepan que no fuimos crueles. El error es usar esa explicación para cerrar la conversación. Podemos decir «Lo hice con buena intención» y añadir «Entiendo que te haya dolido. ¿Qué debería hacer de otra manera?»
Comprobar el efecto
Esto importa al bromear, ayudar, dar consejos o compartir una idea creativa. Fíjate en la reacción de la otra persona y escucha si dice que se sintió incómoda. Si el efecto es dañino, para, pregunta qué ayudaría y aplica lo aprendido la próxima vez.
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